martes, 23 de octubre de 2012

Una cura de humildad

En mayor o menor medida, cada persona recibe en algún momento de su vida su cura de humildad. Pocos se escapan de este mundo sin que la realidad les dé un bofetón en la cara. Cosa distinta es que haya gente que no quiera o no sea lo suficientemente madura para interpretar dicha realidad.

Mi cura de humildad me llegó una fría mañana de marzo, cuando perdí a una de las personas más importantes de mi vida. Mi mente me decía que ese momento llegaría debido a su enfermedad; mi corazón me decía que era imposible. Y aunque nunca es buen momento, esa mañana era el peor de todos. 

Hay que comprender el contexto. Su cuerpo se destruía mientras que mi vida se empezaba a construir. Yo llevaba apenas año y medio con pareja y con muchos planes encerrados durante meses entre las paredes de las bibliotecas. Esperando dar el salto hacia un trabajo para el que me había estado formando desde años y que me permitiría viajar, formar una familia...¿Cómo era posible que él no fuera a ser testigo de los pequeños o grandes logros de mi vida que estaban por llegar y de los que él tendría gran parte de "culpa"? Era demasiado pronto, necesitaba más tiempo. Pero, como ya digo, la realidad era otra. 

La noche anterior tuvimos una discusión. En mi ceguera, yo aún pretendía verlo joven, acorde a su edad, con ganas de luchar. Él, sin embargo, ya tenía más que asumido su inevitable destino. Porque precisamente tonto no era. Tan asumido que se permitía bromear con su enfermedad e incluso con la muerte. Sí, todos sabemos que él siempre hizo una broma de todo. Pero ese humor negro en concreto a mí me enfurecía: 

-"¡Inconsciente! ¿no ves que nos haces daño con esas bromas infantiles?¿no ves que tú eres mi padre todopoderoso y no te puedes morir?" -pensaba yo sin imaginarme lo que acechaba a la vuelta de un amanecer...

Cuando a la mañana siguiente en la biblioteca oí su nombre de labios de una empleada, el frío del invierno me caló hasta los huesos. Ahí comprendí. En los dos minutos del fugaz camino hasta mi casa me temblaron las piernas más que en toda mi vida. Cuando llegué ya no hubo comunicación posible. Una comunicación que, a pesar de difícil en ocasiones por las diferencias de carácter, era para mí totalmente imprescindible.

Sé que él entendió al minuto uno mis fatuas razones porque salvo mi madre nadie me conocía mejor. Sé que perdonó mi enfado antes de su marcha. Pero no es bueno irse a la cama cometiendo el error de dejar pendiente una disculpa, un beso o un abrazo. Un pequeño error que puede convertirse en una eterna condena...     

A veces vamos por el mundo pensando que tenemos la razón absoluta. Muchos de los conflictos tontos que tenemos con la gente que nos rodea se producen y se enquistan a veces por no ponernos en la situación de la otra persona (no pensamos en sus motivos), y sobre todo porque el orgullo no nos permite coger dos sillas y una mesa y sentarnos a dialogar. Sin reproches o llantos. Sin juzgar, condenar y ajusticiar antes de escuchar. Sin público y sin mirar el reloj. Con madurez. Y lo antes posible, porque mañana puede ser tarde.